Tengo dos hijos preciosos: chico y chica. Ambos son hijos superdotados.
La verdad es que no “al uso”. Seguramente si les aplicáramos una prueba estandarizada, de esas que los psicólogos aplicamos, estarían dentro de la media normal, tal vez algo arriba, pero sin pasarse mucho. Percentil medio, tal vez medio-alto.

Sinceramente (y que Wechsler me perdone) nunca he creído que por saber responder a una serie de preguntas, iguales para todos, según su grupo de edad, uno sea “más inteligente” que otro.
Creo que lo que nos hace superdotados, más bien, es saber dar respuestas diferentes, respuestas que nos lleven a diferentes preguntas.

Bien, a lo que iba.
Una de las frases de mi querida hija pequeña es “sonríe y asiente”. ¿No es fascinante? ¡Cuánta sabiduría en sus cortos trece años¡

Es cierto que depende del carácter que le demos a la frase. El valor lo tiene en la capacidad de ser amable y de disolver con esa amabilidad cualquier situación “difícil”.

Los adultos debemos aprender de nuestros hijos superdotados

Que levante la mano el adulto capaz de controlar la respuesta “incómoda” ante la más leve pequeñez, el más leve estrés. Y así, con esa reacción, del todo normal y humana, generamos roces, riñas, disgustos…que no conducen a nada.

Por supuesto que con su asentir nada tiene que ver con el someterse, sino más bien, con el hacerse presente. ¿Cuántas veces ante los contratiempos perdemos de vista a la persona que tenemos delante y nos enfocamos en “la batalla”, en tener razón? Es más difícil si el otro nos sonríe, es más difícil para el otro si le sonreímos.

No lo había pensado, pero el gesto serio, malhumorado, puede hacer que nos volvamos “invisibles” al otro (o el otro se nos vuelva invisible) Entonces dirigimos nuestra atención al conflicto y no a la persona.
¿A que es superdotada mi hija? Me da respuestas, me genera preguntas.
¿En qué es superdotado tu hij@?
Otro día hablaré del chico…